Estaba en el pasillo, en el intermedio del concierto del Réquiem de Mozart, cuando oí claramente mi nombre. Me giré y ahí estaba, Toni, el compañero de la facultad, perdón, el amigo con el que compartí cientos de ideas, emociones y todo aquello que uno está dispuesto a dar a sus amigos. En la época que lo conocí, diría que era el amigo más cercano y en el que mas confiaba. Ahora en el pasillo del Palau de la Música me pareció el mismo pero con esa distancia que nace del tiempo y que quedaba reflejada en su mirada. No le abracé, pero tal vez lo hubiera hecho. Ciertamente me alegré enormemente de verlo. Hablamos del trabajo y de los años que habían pasado. Las palabras crecían atadas por la falta de confianza que da la convivencia y la amistad. Claramente nos habíamos perdido. Sin embargo, me alegré de verle y le hubiera agradecido todos esos momentos vividos. Al fin y al cabo fue vida vivida y si algún día el tiempo no separó, echémosle la culpa a él. Por eso, desconfió de aquellos que muestran una excesiva frialdad cuando se encuentran con los que estuvieron en su vida y que por razones circunstanciales; acabar la facultad, casarse, tener hijos, cambiar de trabajo, o lo que sea, pierden el contacto. Por eso, recuerdo a muchos amigos que estarán por ahí y les quiero agradecer esos momentos vividos, ni mejores ni peores, pero muy importantes para todos, pues fueron ellos y no otros los que estábamos. Esas vivencias son válidas por si mismo, y en ese valor reside el agradecimiento. Gracias. Y para los de ahora, para los que están el límite de la distancia, a ver esa cena que está pendiente, que se enfría y el tiempo es poderoso.