Recuerdo a mi gran profesor, José María Valverde, catedrático de estética de la Universidad de Barcelona quien afirmaba que una gran obra artística es buena simplemente cuando se grababa en el recuerdo. Buenas son las películas, poesías, libros, pinturas etc.. que recordamos. Obviamente no se refería a un recuerdo estricto, sino a esas sensaciones o sentimientos que nos quedan a lo largo del tiempo y cuyos referentes son las obras de las que emanan. Quién no recuerda cualquier obra de Picasso, de Van Gogh o una película de Hitchcock, o un libro de Gabriel García Márquez. Creo que tenía razón. Por ejemplo, los malos libros jamás los recuerdo, en cambio, por muchos años que hayan pasado siempre recuerdo aquel libro que a lo mejor ni me acuerdo del argumento pero si de alguna descripción o simplemente del poso de sensaciones que obtuve al leerlo.
Y esto viene a cuento por una imagen, una secuencia, que para mi pertenece a una de las mas grandes películas de la historia. Una imagen que me persigue y que jamás olvidaré. Curiosamente no recuerdo perfectamente la película pero si esa imagen, más bien la sensación en mi de esa imagen (y la música que la acompaña). Me refiero a Paris, Texas de Wim Wenders y a la secuencia del hombre caminando solo por las vías del tren, con la mirada perdida con un halo de fracaso y en permanente búsqueda de algo, en fin, pura vida.

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