Esta es una historia real que he descubierto y que me ha sorprendido.

Después de 5 días en los campamentos de refugiados saharauis en Tindouf, y habiendo disfrutado de Ahmed, su familia y la hospitalidad de este gran pueblo, debíamos regresar a casa. Nos íbamos contentos. Vimos que a pesar de la dureza del sitio, en relación a otras familias, la familia del niño acogido en verano y que ya queríamos cómo a uno más de casa, no vivía tan mal. Tenían una jaima bonita, con sus cortinas, con su mesa, sus cubiertos, sus alfombras, sus cojines... Mamá decía que los más ricos del cementerio, pero por lo menos era algo. No todas las jaimas que vimos eran así.
Partimos hacia el aeropuerto después de los consabidos abrazos, lagrimas, despedidas y cargados de obsequios que no hubo manera de rechazar. Pero a medio camino nos paró una ambulancia de la Cruz Roja. “No se molesten en seguir -nos aconsejó un voluntario al que conocimos unos días antes- el avión está averiado. Están devolviendo a todos los españoles a los campamentos y seguramente no se podrá viajar hasta dentro de 2 días. Es tontería seguir. Lo siento”. Papá soltó un taco. Tenía trabajo y reuniones importantes que debería retrasar. A las 2 horas estábamos de regreso. Al llegar de nuevo a la jaima de Ahmed todo resultó muy extraño. No nos dejaban entrar en la haima habitual, querían meternos en la casita de adobe. Papá estaba tan mosqueado con todo, que no hacía caso de nadie, y menos de unos ruegos que en otro idioma le decían que no entrara en la jaima. Entró y a los 5 minutos salió lívido. Les han robado todo. Les han robado y les han dejado la casa "pelada". En solo 2 horas. Nada. Ni cortinas, nada. Pero Horria nos tranquilizó. “La realidad -nos dijo- es que esta familia tiene lo que veis. Todo era prestado. Las alfombras nuevas, los cubiertos, los platos, las cortinas... Son de los más pobres del campamento. Tenían algunas cosas más, pero hace unos meses hubo inundaciones y lo poco que tenían lo perdieron. Pero vosotros llegabais. Y había que trataros como a reyes. Y pidieron. Carne al vecino, que mató unos animales para que no os faltara todos los días. Lo demás, a familiares y amigos. Aquí es costumbre hacer esto. No os lo toméis así. Esta es la realidad, y yo me alegro que la conozcáis. La familia no, claro. Están avergonzados.”

Al minuto mamá lloraba abrazada a Silda, la madre de Ahmed. Y papá miraba a las dunas, sumido en sus pensamientos, con un cigarro entre los dedos y llorando también. Yo me senté al lado de Ahmed y le dije: ¿Nos vamos a jugar? Cogidos de la mano echamos a correr mientras Ahmed gritaba: ¡Que bien, familia queda, no va Tindouf¡ ¡Familia queda!

Maribel Bernabé Almansa de www.historiasdeoro.org